Derechos de autor de la imagenESA/UCLImage captionHasta un 50% de la atmósfera de K2-18b podría estar compuesta de agua.
El agua es una de las señales que los científicos buscan a la hora de saber si un planeta podría albergar vida o ser habitable.
Ahora, por primera vez, un equipo de astrónomos descubrió agua en la atmósfera de un planeta que orbita alrededor de una estrella distante.
Se llama K2-18b, es un exoplaneta (está fuera de nuestro sistema solar) y este hallazgo lo convierte en un candidato destacado en la búsqueda de vida extraterrestre.
"Esta es la primera vez que detectamos agua en un planeta ubicado en una zona habitable donde la temperatura es potencialmente compatible con la presencia de vida", dice Giovanna Tinetti, profesora del University College London (UCL), autora principal de la investigación.
La zona habitable es la región alrededor de una estrella donde las temperaturas son lo suficientemente favorables para que el agua exista en forma líquida en la superficie de un planeta.
Este logro es "alucinante", dijo Tinetti.
¿Qué sabemos de este planeta?
K2-18b está a 111 años luz, unos 1.000 billones de kilómetros desde la Tierra.
Eso es demasiado lejos para enviar una sonda, así que la única opción es esperar a que se lance la nueva generación de telescopios espaciales en la próxima década y buscar gases en la atmósfera del planeta que solo puedan ser producidos por organismos vivos.
Derechos de autor de la imagenGETTYImage captionLos investigadores buscan agua como señal de vida en otros planetas.
"Siempre nos hemos preguntado si estamos solos en el Universo", dice Ingo Waldmann, investigador del UCL. "Dentro de los próximos diez años, sabremos si hay químicos que se deben a la vida en esas atmósferas".
Para esta investigación, el equipo examinó la atmósfera de los planetas descubiertos por el telescopio espacial Hubble, entre 2016 y 2017.
Entre los planetas que observaron, el K2-18b fue el único que reveló la estructura molecular del agua.
Los modelos computacionales mostraron que hasta un 50% de su atmósfera podría ser agua.
El planeta tiene poco más del doble del tamaño de la Tierra y una temperatura lo suficientemente fría como para tener agua líquida, entre cero y 40 °C.
"Esto es increíblemente emocionante", dice Angelos Tsiaras, miembro del equipo del UCL.
"Esto nos acerca a responder la pregunta fundamental: ¿es la Tierra única?".
Derechos de autor de la imagenNASAImage captionEl K2-18b fue uno de los exoplanetas detectados por el telescopio espacial Hubble.
Tarea complicada
Una dificultad para responder esta pregunta, sin embargo, es que los astrónomos aún no se ponen de acuerdo sobre qué gases constituirían evidencia de vida. Esa tarea no es nada fácil.
Para llegar a un consenso es probable que se requiera un estudio de la composición química de, quizás, cientos de planetas, además de una comprensión de cómo se crean y evolucionan, según explica Tinetti.
"La Tierra realmente se destaca en nuestro propio sistema solar. Tiene oxígeno, agua y ozono. Pero aun si encontramos todo eso alrededor de un planeta alrededor de una estrella distante, debemos tener cuidado al decir que es compatible con la vida", dice.
"Por eso necesitamos entender no solo un puñado de planetas en la galaxia, sino cientos de ellos. Y lo que esperamos es que los planetas habitables se destaquen, que veamos una gran diferencia entre los planetas que son habitables y los que no lo son".
Derechos de autor de la imagenESA/STFC RAL SPACE/UCL/EUROPLANET-SCIENCE OFFICEImage captionLa misión Ariel podría ayudar a detectar vida en otros planetas.
Las supertierras
El posible lanzamiento del Telescopio Espacial James Webb de la NASA en 2021 y la misión Ariel de la Agencia Espacial Europea siete años después permitirán a los astrónomos estudiar en detalle las atmósferas de los diversos mundos que se han detectado hasta ahora.
Se ha encontrado agua en otros planetas, pero han sido demasiado grandes o demasiado calientes para permitir la vida. Los planetas más pequeños y fríos son mucho más difíciles de detectar.
K2-18b fue descubierto en 2015 y es uno de los cientos de "supertierras", como se le llaman a los planetas que tienen una masa que oscila entre la de la Tierra y la de Neptuno.
Estas supertierras fueron halladas por la nave espacial Kepler de la NASA y se espera que la misión Tess, también de la NASA, detecte otros cientos más en los próximos años.
Vista de los edificios del Laboratorio Nacional del Gran Sasso. Debajo de ellos se encuentran varios experimentos, como DAMAINFN LNGS
Un experimento subterráneo en Italia lleva dos décadas detectando una fluctuación que sus responsables identifican con la materia oscura, pero que no ha logrado reconocimiento internacional
En la década de 1930, el astrónomo suizo Fritz Zwicky observó que algunos grupos de estrellas se movían más rápido de lo que debían. La masa visible no justificaba su velocidad y el científico planteó que debía existir una materia oscura que explicase su movimiento. Desde entonces, el concepto se ha convertido en una idea fundamental para explicar el cosmos, aunque sea como parte de una gigantesca incógnita. La materia visible, como la que componen los planetas o las estrellas, solo supone el 5% del universo. La materia oscura, de la que solo vemos sus efectos indirectos, es el 25%. El resto, la aún más misteriosa energía oscura.
Existen proyectos por todo el mundo que intentan producir o detectar la materia oscura, pero hasta ahora nadie ha tenido éxito. O nadie ha tenido un éxito reconocido por la comunidad científica. Desde hace más de veinte años, un equipo liderado por la profesora de la Universidad de Roma Rita Bernabei afirma que ha atrapado la materia oscura. Su supuesto logro se obtuvo gracias a DAMA, un detector de 100 kilos de yoduro de sodio instalado en un laboratorio enterrado a más de un kilómetro de profundidad, en el interior del Gran Sasso, en los Apeninos italianos. Ese detector era una sofisticada trampa para capturar algunas de las WIMPs (partículas masivas de interacción débil que, en teoría, conforman la materia oscura), que emitirían un destello luminoso al chocar contra alguno de los átomos del detector.
En 2021, los experimentos COSINE y ANAIS habrán acumulado datos suficientes para tener resultados fiables
La idea para observar un tipo de materia tan escurridizo la propuso en 1986 la investigadora de la Universidad de Texas (EE UU) Katherine Freese, que planteó que se podrían observar diferencias en la cantidad de materia oscura que atraviesa nuestro planeta en distintas épocas del año. Orbitamos alrededor del Sol que a su vez orbita dentro de nuestra galaxia acompañando al invisible halo de materia oscura. Como si se tratase de una nube de mosquitos que avanza, cuando siguiésemos su misma dirección a su misma velocidad, el número de impactos contra nuestro vehículo, sería menor, pero cuando al llegar al punto de nuestra órbita en el que cambiamos de dirección comenzásemos a avanzar contra la nube, se vería un incremento en el número de impactos. Ese pico de impactos es lo que observa alrededor del mes de junio el equipo de Gran Sasso desde 1997. Y las mismas observaciones han sido confirmadas por el mismo equipo y en el mismo lugar con un detector mejorado de 250 kilos de yoduro de sodio.
El problema para Bernabei y los suyos es que no es tan sencillo construir un detector con las características y la sensibilidad necesaria para que los resultados sean comparables. El choque de una partícula de materia oscura contra una de materia normal es algo tan extraño que no es sencillo aislarlo de cualquier otro fenómeno y hasta ahora, los esfuerzos para replicar el experimento no han podido ofrecer una respuesta concluyente.
Experimentos como CDMSII, instalado en la mina de Soudan, en Minnesota (EE UU), o Xenon 10, en el mismo laboratorio de Gran Sasso, no lograron encontrar la señal de materia oscura en el mismo rango energético que DAMA/LIBRA. Otro como CRESST, también en el laboratorio subterráneo italiano, obtuvo una señal, pero era demasiado débil y no parecía coincidir exactamente con la del equipo de Bernabei. En 2017, una versión mejorada de Xenon 10, Xenon 100, no encontró señal alguna de materia oscura buscando donde DAMA encuentra su señal, pero una vez más, se planteó la posibilidad de que al emplear xenon como material para atrapar las partículas en lugar de yoduro de sodio los resultados podían no ser comparables.
Según recordaba recientemente la revista de física de partículas Symmetry, después de dos décadas de controversia, el fin a la incertidumbre puede estar cerca. Ya hay varios experimentos en marcha diseñados para tener resultados comparables sin dudas. Uno de ellos, ANAIS, liderado por la Universidad de Zaragoza e instalado en el Laboratorio Subterráneo de Canfranc (España), también utiliza yoduro de sodio. Comenzó a recoger datos en 2017 y en los próximos años habrá acumulado una cantidad suficiente para que sea estadísticamente significativa.
Si los resultados son positivos, se podría empezar a saber qué compone el 25% de todo el universo, hasta ahora desconocido
Otro de ellos es COSINE 100, un detector que también utiliza cristales de yoduro de sodio que a su vez están sumergidos en 2000 litros de líquido para reducir el ruido de fondo que provocan otro tipo de partículas y dificultan ver las débiles interacciones de la materia oscura. Este proyecto, instalado en Corea del Sur, comenzó a tomar datos en 2016 y en diciembre de 2018 publicó sus primeros resultados en la revista Nature. Según el artículo, era muy improbable que los resultados de DAMA/LIBRA coincidiesen con las características que el Modelo Estándar, la teoría que explica el comportamiento de la materia a nivel subatómico, atribuye a la materia oscura que ocupa el halo galáctico. No obstante, el experimento necesita acumular datos durante al menos dos años más para tener datos suficientes que digan si esas variaciones en las señales que captan los detectores de DAMA en las distintas épocas del año existen o si se pueden atribuir a la materia oscura.
Reina Maruyama, una investigadora de la Universidad de Yale que ha recibido financiación de la National Science Foundation para poner a prueba los resultados de DAMA con COSINE aseguraba a Symmetry que “con cinco años de funcionamiento del experimento, si la señal está ahí, en 2021, deberíamos ser capaces de verla”. “Si no está ahí, aunque esto es más difícil de hacer, también seremos capaces de refutarla”, añade.
Si tanto ANAIS como COSINE confirman los resultados de DAMA, el siguiente paso sería volver a buscar la misma fluctuación desde un detector en el hemisferio sur. Con ese objetivo está previsto que este mismo otoño comience en una antigua mina de oro en Australia la construcción del experimento SABRE. Después, se trataría de comenzar a analizar la señal para conocer detalles como la masa y empezar a describir la naturaleza de esos WIMPs que componen la materia oscura. En caso de que el resultado fuese negativo, habría que seguir buscando por otro lado, aunque aún quedaría por resolver de dónde viene esa fluctuación misteriosa que, desde hace 20 años, Rita Bernabei y los suyos dicen que es la primera detección de materia oscura.
Los científicos creen haber detectado un nuevo tipo de evento cósmico: el triste final de una estrella de neutrones.
Imagen ilustrativa
NASA / M. Helfenbein, Yale University / OPAC
Las fuertes ondas gravitacionales registradas en el cosmos por el Observatorio de Ondas Gravitacionales con Interferómetro Láser (LIGO) o el interferómetro Virgo han revelado lo que los expertos creen que puede ser la primera detección de una estrella de neutrones tragada por un agujero negro.
El evento histórico, que se detectó el 14 de agosto y recibió el nombre de S190814bv, fue registrado el miércoles en una base de datos pública utilizada por los astrónomos. El análisisinicial sugiere que hay un 99 por ciento de posibilidades de que las ondas sean las secuelas de la fusión cataclísmica de una estrella de neutrones con un agujero negro.
"Hasta ahora, obviamente no se parece a nada que hayamos detectado con mucha seguridad antes", dijo a Science News Daniel Holz, científico de la Universidad de Chicago y miembro de LIGO. Cree que la detección potencial ya es emocionante por sí sola. "Lo primero de cualquier cosa es siempre realmente fascinante", añadió.
Los científicos aún están analizando los datos para verificar qué fue lo que generó las ondas gravitacionales. Si se confirman las suposiciones, esta sería la primera detección sólida de un tipo de fenómeno nunca antes visto. Los investigadores estiman que el choque entre los dos objetos ocurrió a unos 900 millones de años luz de distancia.
The question of how life on Earth first emerged is one that humans have been asking themselves since time immemorial. While scientists are relatively confident about when it happened, there has been no definitive answer as to why it did. How did amino acids, the chemical building blocks of life, come together roughly four billion years ago to create the first protein molecules?
While that question is still unanswered, scientists are making new discoveries that could help narrow it down. For instance, a team of researchers from the Georgia Institute of Technology’s Center for Chemical Evolution (CCT) recently conducted a study that showed how some of the earliest predecessors of the protein molecule may have spontaneously linked up to form a chain.
The study recently appeared in the Proceedings of the National Academy of Sciences. The study was led by Dr. Moran Frenkel-Pinter of Georgia Tech and included multiple researchers from the CCT – which is supported by NASA and the National Science Foundation (NSF) – with assistance from Dr. Luke Leman, and assistant professor of chemistry at Scripps Research, a non-profit medical research institute.
Earth’s Hadean Eon is a bit of a mystery to us, because geologic evidence from that time is scarce. Researchers at the Australian National University have used tiny zircon grains to get a better picture of early Earth. Credit: NASA
For decades, scientists have had theories about how the first amino acids came together to form protein molecules. Unfortunately, all attempts to verify these theories have so far failed. As Dr. Leman explained:
“How chemistry led to complex life is one of the most fascinating questions that mankind has pondered. There are a lot of theories about the origins of proteins but not so much experimental laboratory support for these ideas.”
For their study, the research team conducted an experiment where a small selection of amino acids (lysine, arginine, and histidine) were placed together with three non-biological competitor amino acids. The acids were then subjected to conditions similar to what is believed to have existed on Earth during the Hadean Eon (ca. 4 billion years ago).
This consisted of putting the selected amino acids in water containing hydroxy acids, which are known to facilitate amino acid reactions and would have been common on prebiotic Earth. The mixture was then heated to 85 °C (185 °F), which sped up the reaction process and caused the water to evaporate. The resulting chemical reactions were then studied.
The building blocks of life may have formed on primordial Earth spontaneously. Credit: ocean.si.edu
To their surprise, the biological amino acids spontaneously formed into neat segments that linked together via ?-amine groups. These groups are those that are made of nitrogen and hydrogen and are quite reactive. However, they are also part of the core of amino acids and other amines that form sidechains that extend from the core (which were used in this experiment) are often more reactive. As Dr. Frenkel-Pinter said:
“It surprised us that this chemistry favored the ?-amine connection found in proteins, even though chemical principles might have led us to believe that the non-protein connection would be favored. The preference for the protein-like linkage over non-protein was about seven to one.”
Another surprise was the fact that the biological amino acids beat out the non-biological ones in terms of reactivity. The latter acids, which are not found in proteins today, had the potential to chemically react just as well (or better than) the biological ones. What’s more, the team anticipated that the inclusion of these acids would give the biological ones a run for their money and might even lead to the creation of new proteins.
However, the reactions resulted mostly in the formation of peptides (two or more amino acid building blocks linked together) that were closer to today’s actual proteins. In particular, the researchers thought that the non-biological amino acids would outcompete the biological amino acid known as lysine and that lysine would not be able to form chains reliably.
An artist’s rendering of the early moon and Earth, which sustained many asteroid impacts. Credit: Simone Marchi (SwRI)/SSERVI/NASA
In both cases, they were wrong and instead found that the lysine predominantly went into the chains in a way that it is similar to what happens with proteins today. From this, the team hypothesized that prefabricated amino acid chains that are useful in living systems evolved before life had found a way to make proteins.
The fact that their experiment showed that biological amino acids are preferred over non-biological ones may also offer new insight into why just 20 amino acids went into the formation of life. Scientists believe that there were over 500 naturally-occurring acids present on Earth during the Hadean Eon. As Loren Williams, a professor of biochemistry at Georgia Tech, explained:
“Our idea is that life started with the many building blocks that were there and selected a subset of them, but we don’t know how much was selected on the basis of pure chemistry or how much biological processes did the selecting. Looking at this study, it appears today’s biology may reflect these early prebiotic chemical reactions more than we had thought.”
“In the prebiotic Earth, there would have been a much larger set of amino acids. Is there something special about these 20 amino acids, or did these just get frozen at a moment in time by evolution?” In short, the experiment suggests that the kinds of amino acids used in proteins are more likely to link up together because they react together more efficiently and have few inefficient side reactions.
The first amino acids likely formed in water with hydroxy acids, which were then subjected to dry conditions. Credit: David A. Aguilar (CfA)
In short, the experiment suggests that the kinds of amino acids used in proteins are more likely to link up together because they react together more efficiently and have few inefficient side reactions. It also lends additional credibility to the theory that most biological polymers formed in wet and dry cycles, which is something that CCT researchers have been arguing for years.
This theory, which states that the first proteins occurred on rain-swept dirt flats or sun-baked lakeshore rocks, is at odds with the more conventional narrative that the building blocks of life rely on rare and cataclysmic events, as well as multiple ingredients in order to emerge. By showing that it was likely to be a much more straightforward process, this research could bring us one step closer to unlocking this age-old mystery.
It could also have implications in the search for life beyond Earth. If the building blocks of life are naturally reactive and attracted to one another, then it likely increases the odds that similar chemical reactions took place elsewhere in the Universe!
Hace 50 años tres astronautas comenzaron su viaje al satélite con un computador de vuelo que palidecería ante cualquier móvil actual. Sin embargo, su diseño fue un hito y un éxito absoluto
Michael Collins, piloto del módulo de mando, practica en un simulador, el 19 de junio de 1969 - NASA
«Estamos bien», informó un lacónico Neil Armstrong, a 25 segundos del despegue de la misión Apolo 11, hoy hace 50 años. Instantes después, a las 09.32 del 16 de julio de 1969, el cohete Saturno V cobró vida en la plataforma A del complejo de lanzamiento 39 del Centro Espacial Kennedy. En tierra, un millón de personas, entre los que había 2.700 reporteros, periodistas y personalidades, contenían el aliento, soportando el calor y equipados con gafas se sol, telescopios y prismáticos. Los cinco motores F-1 tardaron nueve segundos en llegar a la máxima potencia, alcanzando un consumo de 13.000 litros de hidrógeno y oxígeno líquidos por segundo. Tenían capacidad para producir 3,4 millones de kilogramos de empuje.
En ese momento, los pernos explosivos saltaron y el Saturno V, con sus 111 metros de altura y 3.000 toneladas, comenzó a ascender pesadamente, mientras cinco brazos metálicos de 20 toneladas se abrían como una flor en la torre de lanzamiento. El trueno tardó 15 segundos en llegar hasta los espectadores, causando un clamor comparable a «un ladrido ensordecedor de mil ametralladoras que disparan al mismo tiempo», según escribió Norman Mailer. «¡Aaaah!» gritaba la muchedumbre, entre vítores que bien podrían haber sido lamentos de angustia.
Despegue del cohete Saturno V, el 16 de julio de 1969, de la misión Apolo 11 - NASA
Enseguida, la primera fase del cohete consumió sus 2.008.994 kg de combustible. 12 minutos después de despegue, la misión Apolo 11 estaba en órbita. A sus mandos estaba el comandante Neil Armstrong, Buzz Aldrin, piloto del módulo lunar y Michael Collins, piloto del módulo de mando. No se llevaban muy bien, pero demostraron ser profesionales extraordinarios, en parte gracias al entrenamiento más intensivo de toda su carrera.
El cuarto tripulante
A su lado viajaba un cuarto tripulante. Dentro de la maraña de 24 kilómetros de cables que componían la nave, había un ordenador de a bordo de nombre AGC (« Apollo Guidance Computer»), cuyas funciones eran cruciales para el éxito de la misión: debía controlar los sistemas de estabilización, los encendidos del motor, calcular la posición de la nave y dirigir todas las fases del vuelo. Fue un pináculo de la ingeniería humana y uno de los puntos más complejos de la misión. Curiosamente, su potencia palidecería ante cualquier smartphone actual: era una dos mil veces más lento (su velocidad era de 2.048 MHz) y su memoria era mínima: tenía 72 kilobytes para almacenar programas y otros cuatro para almacenar datos, cuando cualquier móvil de hoy en día tiene varios gigabytes (del orden de 100 o 1.000 veces más).
Cuerpo principal del AGC (izquierda) y pantalla e interfaz, llamadas DSKY (derecha)
La idea era que el ordenador hiciera todas aquellas tareas que no pudiera hacer un humano. Esto no le gustó nada a los astronautas, pilotos acostumbrados a controlar su avión con palancas, y nada partidarios de usar un teclado en vuelo. Pero, finalmente, el dispositivo cumplió con gran éxito su trabajo: fue el que hizo las operaciones vectoriales más complejas para calcular las rutas y el que mantuvo la nave girando en todo momento en el espacio para mantener uniforme la temperatura de su superficie. Su catálogo contenía las coordenadas de cuarenta estrellas para alinear la nave y facilitar la navegación, y los astronautas pudieron darle instrucciones en tiempo real para responder rápido a las necesidades.
El AGC recibía datos desde multitud de sensores, como la unidad inercial, el sextante o el telescopio de navegación. Y los astronautas introducían instrucciones por medio de un sencillo teclado. Se empleó un sistema de «verbo» y «nombre»: el primero correspondía a la acción que realizar y el segundo al dato que había que utilizar. Tanto unos como otros estaban codificados según un índice numérico memorizado por los pilotos. Así, por ejemplo, los programas de la serie 60 eran aquellos que dirigían la reentrada en la atmósfera, la apertura del paracaídas y el amerizaje.
Sin embargo, lo cierto es que la mayor parte de las operaciones fue ejecutada por el potente centro de cálculo de Houston. Este reunía una capacidad de computación colosal para la época, con cinco potentes ordenadores IBM 360/750, con un megabyte de memoria central, instalados ex profeso para dar soporte a la misión. A su alrededor había 42 unidades de cinta, 25 impresoras y dos docenas de unidades de memoria auxiliar.
Un prodigio del momento
El AGC fue un prodigio de la miniaturización de la época. Pesaba unos 35 kilogramos y abultaba lo mismo que un maletín, cuando los ordenadores del momento ocupaban habitaciones enteras. Su consumo de energía era comparable al de una bombilla de potencia media. Además, su diseño era casi totalmente infalible.
Además, y a pesar de su escasa potencia, el AGC se convirtió en un hito. Fue el primero en el que se usaron circuitos integrados o microchips, lo que fue crucial para sustituir los ordenadores basados en tubos de vacío. Uno de los creadores de estos dispositivos, fue cofundador de Intel.
La interfaz de pantalla y teclado (DSKY) del AGC - NASA
El computador de vuelo del programa Apolo también fue el precursor de los sistemas «fly-by-wire», que en aviones se emplean para pilotar por medio de mandos electrónicos. Constaba de un sencillo teclado numérico, unos pocos pulsadores, indicadores luminiscentes de siete segmentos y pilotos luminosos, que en conjunto recibieron el nombre de DSKY (siglas de «display and keyboard»).
Además, Hal Lanning, uno de los líderes del proyecto, introdujo el uso de «interrupciones», instrucciones que detenían la ejecución de los programas para satisfacer peticiones importantes. Por otra parte, el AGC estaba diseñado para no fallar jamás. Sus programas establecían «puntos de retorno» para que, si la máquina se quedaba bloqueada, se volviera a iniciar la secuencia antes del fallo. Además, a diferencia de muchos móviles, el AGC podía recuperarse de un error de forma instantánea, lo que era crucial para el bienestar de la cápsula y su tripulación, tal como se pudo comprobar en la misión Apolo 11.
Una memoria realmente física
La memoria del ordenador estaba formada por núcleos de ferrita, una primitiva tecnología basada en la magnetización de minúsculos anillos metálicos agrupados en matrices. Para cada misión, el ordenador era programado a mano por un equipo de «costureras», que enhebraban las ferritas en una malla de conductores eléctricos: la presencia de un núcleo de ferrita en un cruce de hilos equivalía a un uno binario; su ausencia, a un cero.
Una «costurera» enhebra un módulo de memoria del AGC - Raytheon
Se puede decir que este computador tenía un sistema operativo muy rudimentario. Estaba formado por tres sistemas: el Basic, un lenguaje de programación, el Interpreter, con las rutinas para los cálculos complejos, y el Executive, encargado de llamar a unos programas u otros en la secuencia correcta.
La misión Apolo 11 dependió de dos ordenadores AGC: uno para el módulo de mando y otro para el módulo lunar; ambos eran idénticos pero tenían distinto software. Por ejemplo, el primero contenía instrucciones para el regreso a la Tierra (sus códigos se llamaban Colossus), y el segundo para el alunizaje (sus líneas de código se llamaban Luminaire). Además, había un ordenador de seguridad, llamado sistema de guía de cancelación («Abort Guidance System».
Una tarea titánica
Los AGC fueron desarrollados por el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), aprovechando su experiencia en sistemas de guiado de misiles balísticos lanzados desde submarinos, y construido por la compañía Raytheon. Su diseño fue responsabilidad del equipo de Charles Stark Draper, y el software fue desarrollado en gran parte por Hal Lanning y la ingeniera Margaret Hamilton.
Margaret Hamilton posando frente al sofware que el MIT y ella desarrollaron para el programa Apolo
El listado de todo el software del AGC empleado en el programa Apolo ocupaba en papel una pila tan alta como una persona, y en total requirió el trabajo equivalente a 1.400 años de una persona.
El desarrollo del AGC y el programa Apolo consumió un millón de chips, equivalentes al 60% de la producción total de la industria estadounidense de la época, básicamente orientada al guiado de los misiles balísticos apuntados hacia la Unión Soviética y a otras aplicaciones militares. En total, se construyeron 42 AGC, que alcanzaron un precio de 200.000 dólares de la época (equivalente a un millón y medio actuales). En algunos momentos hubo hasta 400 ingenieros trabajando en el desarrollo de sus programas.
Según explicó para AFP Frank O´Brien, historiador y autor de «The Apollo Guidance Computer: Architecture and Operation», la NASA «tenía unos requerimientos increíbles, absolutamente inimaginables» para la fiabilidad de estos chips. Por tanto, el colosal programa Apolo obligó a los fabricantes a mejorar sus diseños y a crear dispositivos más duraderos.
Errores en el ordenador antes del alunizaje
Parece que la estrategia dio sus frutos. El 20 de julio, momentos antes de que el módulo lunar se posase en el satélite, las pulsaciones de Neil Armstrong se dispararon: «¡Alarma de programa!», gritó el comandante. Aldrin confirmó que se trataba de la alarma 1202. En el control de la misión se miraron perplejos. ¿Qué demonios era la alarma 1202?
Se decidió proseguir con las maniobras para posar el módulo Águila en el satélite. Cuando habían descendido hasta los 1.524 metros, volvió a sonar la alarma. Esta vez se trataba del error 1201. «Seguimos con el plan», dijo Steve Bales, el controlador. Él parecía ser el único que comprendía lo que ocurría, en aquellos instantes críticos. Medio mundo contenía el aliento.
El problema es que el AGC estaba sobrecargado por recibir demasiada información. Según se averiguó después, los astronautas dejaron encendido el radar de acoplamiento, sobrecargando a la pequeña máquina mientras trabajaba en el alunizaje. Como resultado, el ordenador abandonó algunas operaciones y comenzó de cero de nuevo, poniendo fin al problema.
Vista del módulo lunar Águila sobre la Luna, el 21 de julio. La Tierra se ve al fondo - NASA
«La forma como el ordenador lidió con la sobrecarga fue un auténtico hito», explicó en AFP Paul Ceruzzi, experto de la Institución Smithsonian.
A segundos del desastre
La tensa calma duró poco. Bajo el módulo lunar apareció un dramático panorama. El ordenador les dirigía hacia un grupo de rocas, del tamaño de coches. Enseguida, Armstrong tomó los controles y desplazó el Águila horizontalmente, cuando apenas les quedaban unos minutos de combustible. Todos sabían que si no lo lograba, deberían abortar el aterrizaje y volver al módulo de mando, o perecer en la Luna.
«¿Cómo vamos de combustible?», preguntó Armstrong. «Ocho por ciento», respondió un escueto Aldrin. «220 pies, 30 hacia delante, descendemos de maravilla», relató el comandante. En el control de la misión todos mantuvieron el silencio. «Sesenta pies, descendemos dos y medio, dos hacia delante».
Entonces, Charlie Duke, comunicador de la cápsula dijo: «Sesenta segundos». Era el tiempo que les quedaba de combustible antes de tener que abortar la misión. Armstrong examinaba la superficie lunar a la desesperada, tratando de encontrar el lugar idóneo para el aterrizaje. El motor del módulo ya levantaba volutas de polvo lunar. «Treinta segundos», dijo Duke, lacónicamente.
Antes de que cundiera el pánico, Aldrin gritó: «¡Luz de contacto!». Eso significaba que el módulo se había posado en la superficie. Armstrong paró el motor y con un ruido sordo, la nave se detuvo. El Apolo 11 había logrado lo imposible: el hombre había llegado a la Luna.